El día como lo ve un ciego, un joven se pone en los zapatos de un ciego y recorre la ciudad.
Por: Yeison Ruiz
Bogota

Cuando se ha visto los colores, los paisajes, la cara de felicidad o de tristeza, cuando con la mirada se puede ver el alma de una persona, nunca pensamos qué sería de nuestra vida sin poder ver la luz. En Colombia más de 18.599 personas tienen limitaciones visuales (según cifras del DANE y el Ministerio de Educación Nacional). Un día como ciego no se compara con la zozobra, la inseguridad y la impotencia de no ver donde estamos ni para donde vamos.
Antes de comenzar con esta experiencia tenía que saber como era la vida de un invidente. Doña Yolanda Rodríguez; quedó ciega hace más de 15 años, cursaba octavo semestre de administración de empresas y su pequeña hija tenia 5 años, un tumor cerebral ocasionó que poco a poco fuera perdiendo la visión, pero tras una operación logró recuperar la vista parcialmente, después de cinco años comenzó a disminuir su visión nuevamente, sin importar los esfuerzos de los médicos doña Yolanda quedó ciega nuevamente.
A pesar de mis miedos y de la inseguridad que sentía fui consiente de que no era para toda la vida, como algunas personas que sufren este padecimiento, el cual las encierra sin oportunidad de retroceder. Cuatro parches adhesivos fueron suficientes para que cambiara mi perspectiva del mundo, en un minuto mi vida se torno oscura, mi mayor miedo era salir a la calle, de una u otra manera en casa me sentía seguro, a tal punto que caminaba con tanta confianza pero con la inexperiencia de no medir los espacios, mis canillas comenzaron a doler.

Mi primer acto como “ciego” fue un acto suicida, afeitarme, tomar posesión de las cosas recordando donde las dejo anteriormente es fácil, por lo tanto, sabía donde estaba la máquina de afeitar y la espuma, en la mano derecha empuñaba la cuchilla y con la izquierda tocaba mi cara reconociendo la geometría de la misma. La izquierda pone el paso, la derecha la sigue, es un baile en una fiesta de espuma donde mi cara es la pista, la espuma una fina alfombra y ambas manos danzan sin hacerse daño y mucho menos romper la pista.
Con un bastón en la mano derecha y en la izquierda la seguridad que me proporcionaba mi novia, que se convirtió en mis ojos por más de 7 horas, di mi primer paso hacia la calle. Las primeras cuadras para salir a la Boyacá fueron fáciles, pero al cruzar la avenida me recorría un frió en la espalda al sentir los carros tan cerca y pensar que podía estar parado en la mitad del carril, sin saberlo comencé a agachar un poco la cabeza tratando de oír mejor e imaginar lo que estaba alrededor mío.
Con el pasar de los minutos me era más fácil asimilar la situación pero al mismo tiempo trate de comprender a aquellas personas que nacieron sin la posibilidad de ver, como imaginar algo que nunca han visto, el describir un color, un lugar, o simplemente a ellos mismos.
Al subir al bus recordé que existe una silla especial para personas discapacitadas, la cual nunca respetamos, por fortuna estaba libre. De camino al centro recordaba la ruta del bus, trataba de identificar olores como el de la Plaza de Paloquemao, restaurantes, parques y el estiércol de las palomas.
Lo que era un simple palo de aluminio se convirtió en mis ojos, golpeando el piso para no tropezar comencé a caminar por el asfalto, con la ventaja que muchos no tienen, haber visto algún día las calles por donde caminan. Organizaciones como el INCI (Instituto Nacional para Ciegos) o el CRAC (Centro de Rehabilitación para Adultos Ciegos) prestan ayuda a invidentes con el objetivo de brindarles una mejor calidad de vida. Tales institutos dictan cursos de movilidad, carpintería, ábaco y escritura.
Algo tan simple y cotidiano como lo es comer se vuelve toda una odisea; la comida se pierde, cuando lleve la cuchara a la boca con la esperanza de saborear algo, muchas veces encontré la cuchara vacía, simple mente al comer un helado me untaba la nariz, pensé que en el fondo del vaso podía haber más pero después de un rato de escarbar el vaso como si fuera una mina, con desilusión mi novia me dice – quieres más… amor- y respondí – ¿es que se acabo?-.
A mí solo se me acabo el helado, para muchas personas se les acaban las ilusiones, las ganas de vivir, de hacer algo por ellos mismos, hasta que se dan cuenta que es solo una circunstancia más en la vida, algo se puede superar, con empeño y esperanzas de recuperarse. Doña Yolanda llama “recuperación” a la forma en que se aprende a hacer las cosas sin necesidad de la vista.

El paso es lento y calculado, la cabeza se agacha para escuchar mejor, la mano con ayuda del bastón guía el cuerpo, se sienten las personas pasar por el lado, se escuchan los perros ladrar, los carros arrancar, las voces de los vendedores, se imagina una ciudad, un bus, una persona. Se toca con más pasión, se escucha con más atención, se huele con más sentido.
Siete horas en las que compartí parte de la vida de esas 18.599 personas que diariamente tienen que enfrentarse a la vida en un mundo oscuro, donde no amanece ni anochece, un mundo donde la ubicación y la memoria prima para poder desplazarse por sí solo y con mayor facilidad.

Al final de un día en sombras, con poca tolerancia a la luz, como si acabara de nacer y viera el sol por primera vez, quite los parches de mis ojos .que me segaron al mundo, me mire al espejo y reconocí mi rostro.
para conocer mas acerca de las fundaciones que apoyan a los invidentes visita


Debe ser horrible no poder ve, sobre todo si algunas vez has podido, no volver a ver cuando tus amigos sonríen, la cara de las personas al pasar la calle, donde está cada cosa... Para mi sería casi imposible seguir porque tendría que pelearme cada día por las cosas que antes hacía con facilidad.
wow! zinceramente avecez noz qejamoz por qozaz inzignifiqantez o maz bn qon zolucion... exiztiendo tanta gente qe lucha qada dia por laz qozaz qe a nozotroz ze noz facilita ziendo qe elloz tienen una inqapacidad... qe linda narracion, ziempre ay qe alqanzar loz zueñoz y ayudar a laz perzonaz qe lo necezitan, qe valiente!